Mi historia, capítulo 4: Caída libre

Como sabréis por como acabé el anterior capítulo, estaba bien, estaba feliz… O eso pensaba. Me iba bien en el trabajo, con mi pareja, con mis amigos. Estaba gorda, pero eso no minaba mi moral. Estaba bien. No era “genial”, ni era mal. Estaba en una zona de confort, cómoda, sin pensar en nada que me perturbase… Si el hecho de ponerme un bañador para ir a la playa lo hacía, pues no iba a la playa. Si el hecho de salir de casa me perturbaba un poco, pues lo reducía al mínimo. Si me costaba encontrar ropa de mi talla, me ponía un vaquero y una camiseta y arreaba. No pensaba en nada que me inquietase.

Hasta que lo que más hacía tambalear mi mundo apareció delante de mis narices. Hacía años que no sabía nada de él, desde un intento de suicidio por su parte en el que me había llamado por teléfono. Llegué a un acuerdo con su familia, él estaba en la península, le pondrían en tratamiento, no sabría nada más de él. Pero un día recibí un mensaje con una foto de la casa en la que antes vivía, desde fuera, y un texto “he venido a verte pero te has mudado, necesito que hablemos”. No conocía el número, pero imaginaba quien era, bloqueé el número esperando estar equivocada y que no fuera “él”. Ya sabéis… apartaba de mi mente cualquier cosa que me perturbase, y de repente un día mi mayor perturbación apareció en mi trabajo, sólo tres días después del mensaje. Le vi en la cristalera de fuera, mirándome. Me puse nerviosa, lloraba sin darme cuenta, me fui a la oficina más apartada de la entrada. No hizo falta decir nada porque mi compañero de trabajo más cercano le conocía y sabía que no habíamos tenido una ruptura muy amistosa. Mientras estaba escondida, le pidieron de buenas maneras que se fuera, por lo visto dijo que tenía que verme para demostrarme que ya estaba bien. Mis compañeros insistieron de no tan buenas maneras y se fue.

No pasó nada. Absolutamente nada. Pasó casi un mes, yo seguía mi vida después de aquella visita sin ningún problema. No me afectó lo más mínimo… Que yo creyese.

Un viernes salí de trabajar y me fui a casa caminando. Mi pareja no estaba en la isla ese fin de semana, así que iba con los auriculares puestos pero pensando en lo que haría ese finde “de Rodríguez”. Ver pelis románticas y alguna quedada con las chicas, tenía buena pinta… incluso salir de fiesta. Iba tan distraída que la música se acabó y no puse nada. Unos chicos caminaban detrás mío hablando, debían de pensar que no les oía porque llevaba los auriculares puestos. Tendrían unos veinticinco años, y se veía claramente que salían del gimnasio de mi barrio, porque llevaban aún la ropa y la bolsa de deporte. Uno le dijo al otro “tío, ¿cuánto te tendrían que pagar para que te follaras a esta gorda que va delante? La de negro”. Mi boca se abrió de par en par, pero cuando ya me quedé paralizada fue cuando su amigo contestó “¡Buf! Si me pagan bien igual una mamada…”

Si habéis leído el primer capítulo de la historia, sabréis el motivo por el que me afectó tanto ese comentario. Más de diez años después, y ahí seguía… Lo mismo, la misma mierda, para lo único para lo que iba a servir. Siempre iba a reducirse a eso, a si era o no atractiva sexualmente. Daba igual que en esos trece años hubiese superado lo que fuera, que en esos trece años hubiese madurado, me hubiese emancipado, hubiese superado una relación a todas luces destructiva, daba igual todo. Siempre iba a ser la misma mierda hasta que no fuera “normal”.

Llegué a casa y lloré a solas como no he llorado en mi vida, lloraba tanto que se me olvidaba respirar. Me pasé el fin de semana en la cama, llorando. Cuando mi novio llegó el domingo le expliqué lo que había pasado y me consoló como pudo. Me sentía mejor, pero algo me había hecho click en la cabeza. No iba caminando a ningún sitio, si no me quedaba más remedio que salir de casa sentía que la gente me miraba con desaprobación. La comida se convirtió de nuevo en mi refugio, y a la vez lo que más culpable me hacía sentir. Me busqué métodos para poder darme atracones de comida sin que mi pareja se enterase. Compraba lo que fuera antes de llegar a casa, me lo comía, y tiraba la basura para que mi pareja no lo viese en el cubo. Me inventaba excusas para ir en coche a algún sitio, y acababa en una ventanilla de comida basura pidiendo mil cosas que luego ni siquiera saboreaba. Después me sentía tan mal que me provocaba el vómito, y en el momento me reconfortaba. Pero yo sabía que eso no estaba bien y al cabo de un momento volvía a sentirme mal, por lo que volvía a llorar.

Y hacemos un parón, que ya os prometo que el próximo capítulo es el último, y es bastante bonito y tiene final feliz…

Hoy para quitar el mal sabor de boca os dejo un unicornio hecho con purpurina porque no hay nada en el mundo más moni

 

Autor entrada: Elsa Dilema

Vivo en las nubes porque el suelo está lleno de gilipollas. Acabo de descubrir que cuando te quieres, la vida es más fácil. El amor propio es el mejor amor de todos, si no incluímos el que siento hacia mis perras.

2 thoughts on “Mi historia, capítulo 4: Caída libre

    Meli

    (agosto 15, 2017 - 8:57 pm)

    Muy identificada con tu historia… he pasado por algo muy parecido a lo que cuentas…me gustaría charlar y compartirlo contigo, pues sé que me entenderás. 💋

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